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Seis empleados tóxicos que toda empresa debe evitar

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Aunque contemos con un correcto procedimiento de contratación de empleados, es probable que no lleguemos a descubrir el verdadero perfil de los trabajadores hasta que pase un tiempo desde su entrada en la empresa, pues es cuando podremos realizar un análisis basándonos en sus conductas y actitudes reales.

Es entonces cuando podremos localizar a aquellos trabajadores tóxicos que realmente están haciendo mal a la compañía. Este comportamiento en ocasiones puede llegar como respuesta a un mal liderazgo o como reflejo de una personalidad concreta, pero en todo caso es un efecto que toda empresa debería evitar.

El mal jefe

Un mal liderazgo es capaz de invocar a los empleados tóxicos, pero puede ser en si mismo el mayor componente tóxico de una organización. Un jefe que corta las cabezas que sobresalen, que no reconoce el trabajo bien hecho, que antepone su ego al beneficio grupal, que no sabe delegar, que no controla o lo hace en exceso… un mal jefe puede ser una bomba de relojería.

Un jefe no es una máquina, sino un engranaje o quizás el combustible. No debe actuar como el ente protagonista, sino como el gestor y el conductor que lleva a un equipo a un determinado resultado. Sin un buen liderazgo, la empresa se descontrola.

Rebelde sin causa

Trabajar en una empresa significa trabajar en equipo, por muy independiente que pueda ser un puesto. En otras palabras, los empleados deben actuar con respecto a los demás y pensando en el bien común como parte del propio. Resulta irresponsable considerar que la actitud individual no tiene su efecto en el grupo.

La organización tratará de corregir las actitudes inadecuadas que perjudiquen el buen funcionamiento del colectivo, pero ciertas personas pueden ser especialmente reticentes a acometer los cambios necesarios para modificar su rumbo. Pueden saber lo que deben hacer, pero decidir no hacerlo ¿mal liderazgo a la vista?

Es importante conocer el origen de esta conducta, por si existen razones de fondo, aunque ciertos trabajadores pueden ser muy poco elásticos. Esto significa que en lugar de adaptarse al funcionamiento de una empresa, prefieren amoldarla a su forma.

En cuanto se rompen las inequívocas indicaciones de la dirección, hablamos de algo que escapa totalmente de lo que debería ser el esquema de una empresa. Una organización puede y debe escuchar propuestas, pero el trabajador no puede actuar como un rebelde sin causa, faltando a sus obligaciones laborales y perjudicando al conjunto.

Agitador de masas

Rumores, chismes interesados… todo esto puede que tenga un nexo común: el agitador. Resulta complicado determinar su nombre, porque habitualmente se oculta como un mero transmisor de la información.

Puede que actúen con el objetivo de desestabilizar a terceros por rencillas internas, problemas personales o aspiraciones de puesto de trabajo, pero también podemos estar ante auténticos “Joker”. Esto se entenderá mejor con esta frase de dicho personaje en la película de “El caballero oscuro”: “Soy un perro persiguiendo coches. No sabría qué hacer si atrapara a uno.”

El ancla

Un trabajador puede resistirse al cambio de forma activa o pasiva. El ancla define a aquellas personas que con su dejadez y poca implicación, ponen trabas a cualquier avance, actividad o cambio.

En un principio incluso pueden mostrarse de acuerdo con los cambios o las labores encomendadas, pero a la hora de la verdad no hacen más que poner trabas o ejercer la resistencia pasiva. El inmovilismo es su razón de ser, aunque cuidado, porque en ocasiones la culpa de que surjan estos perfiles es de la propia empresa.

La diferencia entre el ancla y el rebelde sin causa, es que este último actúa de forma consciente, mientras el ancla muestra un rasgo adquirido a lo largo de los años o que ya forma parte de su personalidad.

El trepa

Algunos trabajadores muestran una ambición desmedida, sobre todo por la forma en la que se manifiesta. Pisar cabezas, boicotear a los demás aspirantes, dejar en evidencia a sus superiores, tomar atribuciones que no le competen, etc.

La empresa debe crear un entorno competitivo, pero con límites y control en el que no valga todo. Los resultados deberían ser la mejor vara de medir, por lo que los favoritismos personales pueden facilitar la labor de los trepas, creando un caldo de cultivo perfecto y escondiendo el verdadero talento.

La secta

En algunas empresas puede surgir un grupo de trabajadores que continuamente se quejan de los mismos aspectos de la organización, sin encausar estos pensamientos a su cúpula.

Esta “secta” puede llegar a distorsionar la visión que el resto de empleados tienen de la organización, retroalimentando sus teorías y pensamientos. Tiene una gran capacidad de “captación de nuevos socios”, pues se configura como un entorno en el que resulta fácil socializar y unificar criterios, aunque algunos de ellos carezcan de criterio.

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