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Mientras nos estamos peleando, no trabajamos en equipo

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Para empezar a trabajar como equipo es fundamental una premisa básica: la gente ha de dejar de pelearse.

Los conflictos dentro de los grupos desgastan de manera inequívoca a los miembros afectados. Y, lejos de resolverse con el paso del tiempo, los problemas y desavenencias se enquistan produciendo efectos devastadores en la motivación de las personas y, por ende, en la productividad.

Nuestra mente no está diseñada para hacer conscientemente dos cosas a la vez, no es su mayor fortaleza. Así que, mientras estoy pensando en “lo idiota que es este tío”, no dispongo de recursos cognitivos suficientes para hacer el trabajo que me toca. También, cuando no me escuchan me vuelvo irascible y dedico mi energía a conseguir que alguien me entienda. En esos momentos no puedo escuchar nada de lo que me están intentando decir, con el consiguiente diálogo de besugos.

Pero, en cuanto me siento comprendido, mis recursos cognitivos están liberados para escuchar las ideas de los demás. Y cuando escucho, algo cambia en mi red de asociaciones mentales, aparecen conexiones, ideas nuevas y trabajo colaborativo. Y todo debido fundamentalmente a que dispongo de energía para ello ya que no la estoy utilizando en pelear, sino en construir. Y hay que elegir, o creo o destruyo.

Por tanto, no es posible conseguir resultados extraordinarios sin el apoyo y la ayuda de un equipo. No podemos sobrevivir empresarialmente yendo solos, nadie consigue avanzar si no cuenta con el respaldo de otras personas.

En nuestra historia evolutiva se ha demostrado que el ser humano ha conseguido logros increíbles por su capacidad para vivir en comunidad y generar sinergias. Pero me resulta curioso la facilidad con la que nos despistamos y desatendemos la relación con el entorno.

Tanto el éxito como el fracaso tienen como consecuencia que el individuo se aísla y deja de construir junto a los demás. En unos casos, cuando todo va muy bien, me convierto en un ser superior que infravalora la aportación del resto; en otras circunstancias, cuando fracaso, me convierto en alguien incómodo o molesto para otros. Y si las cosas simplemente van… ni disfruto de éxitos ni lamento fracasos, lo que significa que arriesgo poco, que aprendo menos todavía y que soy un miembro anodino para el grupo, un individuo “ni fu, ni fa”. Estoy simplificando mucho, pero bueno, por aquí van los tiros.

Hay gerentes de pymes que son conscientes de este discurso y que, cuando se detienen a pensar, toman conciencia de lo bien que vivirían si su empresa funcionara como un gran equipo; pero es un fuego fatuo, enseguida suena el teléfono y entran en modo “hay que hacer esto ya”.

Así que el único momento que propician para que los empleados disfruten juntos de un rato agradable fuera de la oficina es en la comida de Navidad de la empresa. Bueno, algo es algo porque hay otros que ni siquiera hacen equipo por Navidad, se conforman con tener un detalle, cesta o similar, que solo endulza fugazmente el amargo sabor de determinados conflictos soterrados.

Por tanto, son pocas las pymes que organizan reuniones y eventos con el objetivo exclusivo de mejorar las relaciones dentro de la propia empresa (cosa harto frecuente en organizaciones más grandes que, tal vez, por eso lo son). Los gerentes justifican esta falta de reuniones de empresa con el argumento de que se desatiende el negocio; pero no caen en la cuenta de que es necesario atender a los trabajadores y las relaciones que mantienen entre ellos.

No he visto ni un solo caso en el que, cuando las personas de un equipo han podido hablar sobre cómo se ven entre ellas y de qué manera podrían trabajar mejor, no hayan sacado algo positivo. Hay conflictos desatados que es muy tarde para arreglarlos y lo más sensato suele ser la separación de las partes. Pero hay multitud de conflictos que pueden evitarse, que todavía no han ocurrido o que solo están naciendo y, por tanto, están a tiempo de ser gestionados. Un evento sencillo de empresa o de departamento puede cambiarlo todo…

En cualquier caso, no solo es responsable el empresario de lo que ocurre en la organización, porque la empresa somos todos. Es evidente que los que dirigen pueden hacer siempre algo más por propiciar espacios y momentos para el diálogo en el equipo. Y no es menos cierto que cada persona también tiene responsabilidad en los conflictos en los que está involucrada.

Yo siempre pregunto a los grupos en mis talleres: ¿cuánto tiempo hace que no le pides a alguien que se tome un café contigo para hablar sobre cómo trabajar mejor juntos? La mayoría se queda en modo “mute”, mirándose entre ellos, como si hubiera preguntado por qué vuelan los aviones.

Y todos le ven sentido a ese “café salva-relaciones”, claro que sí, ¿cómo es que no me tomo más cafés con mis compañeros? Pero la euforia generada ante la posibilidad de mejorar las relaciones con los demás pronto se mitiga y ensordece ante la pregunta que formulamos después: y ahora, ¿quién hará el esfuerzo de pedir una cita para ese café?, porque alguien tiene que empezar…

Y es que todos vamos al límite de nuestras energías (bueno, algunos solo lo parecen) y hacer un esfuerzo extra no es sencillo de justificar ante nuestro sistema cognitivo, el cual, prefiere vivir como siempre lo ha hecho, salvo que le vaya la vida en ello (hablaremos de esto en otro post…).

Así las cosas, los niveles de conflictividad en las organizaciones pueden reconducirse hacia cotas razonables con dos medidas sencillas:

  1. Reuniones convocadas por la dirección para mejorar el nivel de entendimiento entre los miembros del equipo, de vez en cuando y siendo suficiente con 2-3 horas. Yo lo llamo sesiones de Team Revamping.
  2. Que cada persona se responsabilice de la situación, tome la iniciativa y ponga de su parte para propiciar encuentros (cafés) que desanuden conflictos y malentendidos con los demás.

Por lo tanto, si la dirección de la empresa pone algo de su parte y cada persona del equipo también, es muy posible que se genere una cultura en la que podamos hablar sin agredirnos, integrar diversidad de visiones y puntos de vista, aprender de los demás, expresar lo que necesitamos de otros. Solo con relaciones personales más auténticas será posible hacer del equipo algo más que la suma de las partes. Eso sí es una empresa.

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