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Todo sobre el riesgo, recompensa y fracaso

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Una de las cualidades que más destaca de los emprendedores, es la capacidad de arriesgar. De hecho, lo que distingue a los verdaderos emprendedores de los que creen que lo son es el hecho de ver en una idea arriesgada una oportunidad más allá de un desastre potencial.

Todos conocemos casos en los que un CEO o el fundador de una startup han tomado decisiones que podían dar al traste con todo lo que habían conseguido hasta ese momento, o que, al menos, ponían en peligro la viabilidad de una gran idea. Y la cuestión, en definitiva, es: ¿Dónde dibujar la línea que marca el límite?

Vemos como en España está creciendo el número de personas que inician su propio negocio. Primero como autónomos, con pequeñas empresas o recogiendo el testigo de una empresa familiar mediana. Y lo que va a llevarles a triunfar y crecer o a permanecer en una constante carrera por sobrevivir va a ser la capacidad para arriesgar y aprovechar las oportunidades aunque no se vea del todo claro el futuro.

Einstein decía: “Si una idea no parece absurda al principio, entonces no merece la pena”. Las mejores oportunidades siempre son las que aún no ha tomado nadie, y claro, precisamente por eso no suelen inspirar mucha confianza…

Sencillez

La fórmula para tomar la decisión, en realidad, es bien sencilla. Tenemos tres factores o variables: riesgo, recompensa y fracaso. En realidad, cuando hablamos de fracaso, nos referimos a dibujar o tratar de imaginar el peor escenario que podría darse. Y la clave a la hora de escribir la fórmula, es acertar al asignar a cada una de estas variables el peso o coeficiente adecuado que le corresponde.

De esta forma, al plantearnos una nueva idea a llevar a cabo, o una oportunidad de negocio que se nos ofrece, debemos evaluar la potencialidad de la “recompensa” o éxito que puede aportarnos esa nueva estrategia o negocio. Hay que tratar de ser realista tratando de asignar números reales y adaptados al mercado que tenemos delante, inspirándonos en productos o en perfiles de clientes semejantes o relacionados.

Por otro lado, será especialmente útil tratar de fijar el escenario último o el caso más negativo posible que se podría dar una vez iniciada la opción que estamos analizando. De nuevo, es importante echar números y sumar costes, inversión, etc.

Si la empresa o el negocio no son nuevos y ya tienen beneficios, una buena opción es cuantificar tanto la recompensa como el fracaso en unidades relacionadas con los beneficios actuales, como puede ser, por ejemplo, los beneficios mensuales o anuales. Por ejemplo, al evaluar el riesgo de crear una nueva oferta de servicios, el peor escenario posible tras un año, podría cuantificarse como haber perdido seis meses de beneficios. En el caso de la recompensa, o éxito, es más usual proyectarlo en forma de un múltiplo de los beneficios actuales.

Riesgo

Con este planteamiento, un emprendedor puede considerar que una idea puede ser una apuesta de éxito si evalúa la recompensa como multiplicar sus beneficios anuales por 5 mientras que el peor escenario posible comprometería sólo la mitad de los beneficios de un año. Lógicamente, cuanto más se equiparan ambos valores, menos interesante va a siendo la apuesta. Y si el riesgo supera a la recompensa, está claro que no estábamos apuntando en la dirección correcta.

Estamos hablando de autónomos y pequeñas empresas, o los inicios de una startup. En este nivel, coexisten la flexibilidad con la intuición y es mucho más ágil y rápido tomar este tipo de decisiones a tiempo. En las grandes corporaciones, todo fluye mucho más despacio, y las decisiones se basan en informes y curvas de cash-back muy elaboradas y contrastadas.

Cuando se emprende y se inicia un negocio, merece la pena cazar las oportunidades, asumiendo riesgos y fijando los límites justos y necesarios. Piensa con atrevimiento, asume tus riesgos y hazlo sencillo.

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