Eliminar el cambio de hora afectaría (y mucho) a las empresas

Publicado · 7 minutos de lectura

Analizamos las implicaciones empresariales que podrían traer los cambios de horarios que se vislumbran en la UE y en España: desaparición de la alternancia de los horarios de invierno y verano y permanencia durante todo el año del horario de invierno.

  • Previsiblemente, habría una tendencia al auge de jornadas más intensivas, lo que favorecería la tan ansiada conciliación trabajo-familia
  • Las empresas deben analizar el impacto que tendrían los cambios en la estacionalidad de su demanda y en la de la disponibilidad de los recursos que necesitan para desarrollar sus procesos

En los últimos tiempos, se ha reavivado el debate sobre el cambio horario. Y lo ha hecho en dos sentidos. Por un lado, la Comisión Europea ha abierto la puerta a una posible desaparición de la alternancia entre el horario de verano y el de invierno. Por otro, en cada país miembro se está discutiendo en qué huso horario convendría quedarse.

Aunque las reformas probablemente tarden unos años, existe un indudable interés por las repercusiones empresariales del cambio de horario. Parece que se centrarían en el ámbito de los recursos humanos, en la demanda y en la configuración temporal de los procesos.

El sentido previsible de las medidas de cambio horario

El horario es una convención social. El tiempo que cada jornada dura el día y la noche son inmodificables. Lo que sí puede cambiar es el momento en el que se realizan las diferentes actividades.

En principio, la idea que más fuerza está cobrando es la posibilidad de que España mantenga durante todo el año el horario de invierno y que otros países (especialmente los centrales y orientales) opten por quedarse con el de verano.

Eso implicaría que desde la última semana de marzo a la última de octubre amanecería y anochecería una hora antes que en la actualidad. El resto del año el orto y el ocaso se producirían a las mismas horas que vienen haciéndolo hasta ahora.

Algunas personas opinan que esa sería una buena oportunidad para, con la misma luz que hay en la actualidad durante gran parte del año, poder madrugar un poco más y acostarnos antes. De este modo, la jornada laboral, la escolar y los horarios comerciales, entre otros actividades importantes, podrían comenzar antes.

Por ejemplo, en el tiempo que ocupa actualmente el horario de verano, veríamos la misma luminosidad si nos levantásemos una hora antes. Eso no pasaría en invierno, ya que el sol saldría y se pondría a la misma hora que lo hace ahora y se pretende desarrollar la mayoría de las actividades una hora antes.

El fin más temprano de la jornada laboral

El objetivo, principalmente, sería terminar antes la jornada laboral. La manera de hacerlo sería mantener el horario de la comida, separándola algo más del desayuno (quizá hasta una hora completa). Como resultado, la segunda parte de las jornadas partidas sería más breve. En algunos casos, incluso, podría ser innecesaria. Por ejemplo, podría tasarse un pequeño descanso para una comida no muy copiosa.

Los defensores de esta práctica sostienen que la interrupción prolongada del trabajo para comer es un enemigo de la conciliación. El empleado no está trabajando, pero no le da tiempo a realizar muchas actividades beneficiosas para su vida personal y familiar porque en un lapso no demasiado largo debe reincorporarse. Además, cuestionan que ese descanso de mediodía pueda tener ningún efecto positivo excesivamente reseñable sobre la productividad.

Pero esa práctica no sería gratuita. Exigiría un cierto cambio en dos aspectos. Por un lado, en invierno amanecería a la misma hora que en la actualidad y se pretendería comenzar la jornada laboral una hora antes. Por lo tanto, se comenzaría el trabajo a una hora más oscura.

Por otro, en verano amanecería una hora antes que en la actualidad, lo que se aprovecharía para incorporarse a la jornada laboral con la misma luz que hasta ahora. Sin embargo, las tardes estivales durarían menos y se haría de noche más temprano.

El desafío de la jornada intensiva

Por lo tanto, parece que el principal desafío al que se enfrentan las empresas es el cierre más temprano de muchas jornadas laborales y el auge de jornadas intensivas.

Previsiblemente, ese movimiento tendría un importante apoyo administrativo. Seguramente, cambiarían algunos horarios de trabajo (y atención) en oficinas públicas, servicios sociales, educación y sanidad públicas, transportes, etc. Y, paralelamente, se podrían producir reformas legales.

En el sector privado, puede haber un segundo movimiento de apoyo a las jornadas más intensivas. Se trataría de empresas que se considerarían beneficiadas por el asentamiento de jornadas continuadas por diversas razones, por ejemplo:

  • Porque haya sido una reclamación de sus empleados que podría mejorar su clima laboral.
  • Empresas que, dada la configuración de sus procesos, piensen que el auge de la jornada intensiva en otras empresas les beneficia.
  • Empresas que buscan atraer la simpatía de consumidores favorables a este tipo de cambios.

Junto al núcleo de promotores administrativos y empresariales del cambio, encontraríamos un conjunto de empresas que, sin ser estrictamente partidarias de él, considerarían que, dado el nuevo entorno, su mejor opción es reformar sus jornadas de trabajo para terminar antes. Es decir, se verían arrastradas por la nueva tendencia.

En el extremo contrario tenemos a las empresas que reaccionarían en contra del cambio. Ofertar jornadas partidas, a medida que menos empleadores lo hacen, puede convertirse en un elemento diferenciador que resulte seductor para muchos trabajadores. Eso puede permitir el acceso a la contratación de buenos candidatos por salarios no demasiado elevados.

Por otro lado, habría un amplio conjunto de empleos que habría que adaptar a las nuevas circunstancias. Es el caso de quienes trabajan fuera del horario normal. Hablamos, por ejemplo, de quienes se dedican a tenerlo todo preparado para que, al día siguiente, puedan desarrollarse las actividades habituales. Normalmente, estas labores comenzarían y terminarían antes, de forma que una parte de la labor se trasladaría de la madrugada hacia la tarde.

Además, hay que tener en cuenta un aspecto importante: los cambios en los hábitos de los horarios de consumo. Es probable que el español medio desarrollase su vida de otra forma, realizando algunas actividades a distinta hora, realizando otras que hasta ahora no hacía e, incluso, eliminando de su agenda ciertas costumbres.

Ello tendría un efecto en las horas punta y valle de la demanda de muchas empresas y podría llegar a afectar también al reparto de su carga de trabajo a lo largo de la semana. Es, por ejemplo, posible que determinadas gestiones o actividades de ocio que ahora se hacen en un momento de la semana pasen a hacerse en otro.

Finalmente, también los trabajos desarrollados a relevos o los que se realizan a media jornada se verían afectados. Un cambio en la forma de vida de la mayoría de la gente puede hacer que estos empleados perciban como más gratificante o más oneroso su horario de trabajo. Eso puede afectar a las negociaciones salariales y al clima laboral en estos ámbitos.

Los cambios en la estacionalidad

Cuando hablamos de estacionalidad tendemos a pensar en los cambios que suceden a lo largo de diferentes temporadas del año. Sin embargo, este fenómeno también se produce en los momentos punta y valle de miles de actividades cotidianas cada día.

En principio, con las medidas previstas, se incrementaría la estacionalidad de muchas actividades. Se generarían dos compartimentos con límites más marcados en las agendas habituales de muchas personas: el laboral y el personal y familiar.

No obstante, eso no quiere decir que, por otro lado, algunas tareas profesionales se hagan fuera de horario o no se soliciten permisos para atender necesidades particulares durante el espacio de tiempo ocupado normalmente por la jornada laboral. Simplemente, implica que la mayoría de la gente terminaría en condiciones normales sus trabajos antes y dentro de un rango de horas más estrecho.

Ese estrechamiento del rango es clave. Actualmente, muchas jornadas partidas tienden a alargarse de forma más o menos difusa. De este modo, hay muchos trabajadores que acaban su labor profesional por la tarde. Sin embargo, mientras unos pueden acabar, por ejemplo, a las seis, otros pueden hacerlo incluso más allá de las diez.

Lo que se propone es que la mayoría de quienes trabajan ahora a jornada partida comiencen no mucho más allá de las ocho de la mañana. Diez horas después tendría que haber terminado la mayoría, incluso quienes empezaron un poco después.

El resultado sería que, si tomamos los porcentajes que en cada instante del día están realizando una determinada actividad (trabajo, ocio, desplazamientos de entrada y salida, comidas, etc.), encontraríamos porcentajes muy elevados de la actividad dominante en ese momento y más reducidos que en la actualidad de las actividades más infrecuentes. Es decir, habría puntas y valles más pronunciados para la mayoría de las actividades.

Los efectos de una tendencia al incremento de la estacionalidad

Los efectos de un incremento de la estacionalidad son de signo diverso. Por un lado, más personas y empresas estarían reclamando los mismos recursos al mismo tiempo. En el caso de que no sean almacenables, es altamente probable que se encarezcan en las horas punta y se abaraten en las horas valle.

Eso puede ser bueno para las empresas que emplean intensivamente recursos en horas valle. Sin embargo, la mayoría pueden ver encarecidos sus costes porque los emplean en hora punta.

La segunda cuestión destacable, además del precio, es la coincidencia. Desarrollar una actividad cuando están disponibles proveedores importantes suele ser una ventaja. No obstante, hay muchas tareas que reclaman que, si está trabajando alguien en ellas, otras personas paralicen sus labores para no entorpecerlas.

Por otro lado, en muchos servicios, un incremento de la estacionalidad también implica coincidir más con la competencia. El rango horario más rentable resulta cada vez más estrecho y no se puede fallar.

Sin embargo, con el cambio de horarios que se vislumbra, el aumento de la estacionalidad podría ser una tendencia general, pero no absoluta. Quizá muchas actividades se desarrollen en momentos cada vez más diversos. Pensemos, por ejemplo, en las relacionadas con el ocio de fin de semana. Posiblemente, algunas puedan desarrollarse con mayor frecuencia que ahora de lunes a viernes.

Por lo tanto, conviene que cada empresa comience a estudiar qué efectos tendrían las medidas sobre la estacionalidad de su demanda y de la accesibilidad de los recursos necesarios para efectuar sus procesos.

En todo caso, no olvidemos que los efectos finales dependerán en buena medida del éxito o fracaso de los intentos de los promotores del cambio para favorecer jornadas más intensivas y de que el número de personas que cierre antes su horario de trabajo sea significativo.

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